Una Vida centrada en Cristo
“Una vida centrada en Cristo no niega los conflictos, los transforma en oportunidades para que Él crezca en nosotros y se glorifique a través de nuestras vidas.”
Pablo Galvano
Esta palabra nos habla de una vida centrada en Cristo, de madurez y de entender que nada de lo que vivimos es casualidad. El Señor es intencional: en la gente que nos rodea, en los ámbitos donde nos movemos, en los conflictos que atravesamos. Todo tiene un propósito para que Cristo crezca en nosotros y se glorifique a través de nuestras vidas.
El texto de Filipenses 4 nos muestra a una iglesia con conflictos reales, con diferencias de pensamiento, con situaciones que generaron ansiedad y división. El conflicto entre Evodia y Síntique escaló tanto que llegó hasta el apóstol Pablo, que estaba preso. Y, aun así, Pablo no toma partido, no habla mal, no expone a nadie. Ruega que tengan un mismo sentir en el Señor y llama a toda la iglesia a colaborar como cuerpo.
Una vida centrada en Cristo no niega los conflictos, pero los enfrenta con madurez. Nos recuerda que somos un solo cuerpo, con funciones diferentes, pero con un mismo propósito. Nuestros nombres están escritos en el Libro de la Vida, esa es la verdad que nos sostiene y nos da motivo para agradecer, aun en medio de la ansiedad.
Pablo exhorta a regocijarse en el Señor y nos enseña que la ansiedad no se vence desde la carne, sino llevándolo todo a la oración, con ruego y con acción de gracias. Cuando como iglesia y como personas llevamos las situaciones al Señor, la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento guarda nuestros corazones y pensamientos en Cristo Jesús.
Por eso Pablo nos dice en qué pensar: en todo lo verdadero, lo justo, lo puro, lo amable, lo que tiene buen nombre. No en el chisme, no en la crítica, no en hablar mal. Porque hablar mal nos perjudica más a nosotros que a la persona de la que hablamos, y cierra puertas para que otros conozcan a Cristo, especialmente en nuestra casa, en nuestros hijos y en los que recién comienzan en la fe.
El Señor nos corrige con amor, no para exponernos, sino para hacernos crecer. Como un niño que debe desarrollarse plenamente y en salud integral, la iglesia y cada uno de nosotros está llamado a crecer y no quedarse siempre en el mismo lugar.
Pablo Galvano